Revista Ciencia de la Mente

Desde hace casi 90 años, la revista de la Ciencia de la Mente ha inspirado a los lectores a co-crear una vida más feliz, más rica y más satisfactoria mediante el uso de los principios espirituales.

Artículos de la revista Ciencia de la Mente

¿Has Visto los Lirios del Campo? por Katherine Saux

Hace muchos años empecé el hábito de hacer que mi gozo dependiera de obtener ciertas cosas tangibles. Comenzó cuando yo era niña y continuó hasta mis supuestos años maduros — lo único que cambió fue la naturaleza de las cosas en las que ponía todo mi corazón o que me traían alegría. En lugar de la casa de muñecas y el caballo, se volvió la casa real y el coche nuevo. Una vida de gozo y contento, simplemente como un estado natural de existir, era un concepto extraño para mi.

Por supuesto, hubo muchas veces en las que estuve feliz y emocionada, sorprendida y deleitada, aún jubilosa. El factor “wow” estaba muy presente y yo estaba agradecida por eso. El problema, para llamarlo tal como era, era que necesitaba el factor wow para sentir que en mi vida había gozo.

Los orígenes de nuestra necesidad humana de algo físico o tangible para satisfacernos están programados. Venimos a este mundo necesitando mucho para sobrevivir; si nuestras necesidades no son satisfechas, perecemos. El contento significa un estómago lleno, una cobija caliente, un trasero limpio y un abrazo amoroso.

Al crecer nosotros, nuestras necesidades también crecen y se convierten en una necesidad de estímulo mental junto con esa barriga llena — colores brillantes y hermosos sonidos, nuevas experiencias y sorpresas para encender nuestra curiosidad que crece así que ampliamos nuestro mundo. ¿Has visto alguna vez un bebé o un pequeñuelo alcanzar un juguete nuevo? Su alegría y entusiasmo son contagiosos. No es sorprendente que nosotros los adultos algunas veces nos dejemos llevar por el entusiasmo y traigamos nuevos regalos sólo para ver ese gozo.

Y asé empieza el patrón.

No hay nada inherentemente malo o destructivo acerca de este patrón, obviamente. Es parte de la vida misma, una dinámica que impulsa nuestro crecimiento en formas que son beneficiosas no sólo para nosotros en lo personal sino también para nuestro grupo, tribu, nación o mundo.

El deseo de algo más y una curiosidad acerca de algo nuevo o desconocido son el fundamento del proceso creativo, ya sea para el científico o para el artista. El patrón se tuerce, sin embargo, cuando empezamos a depender de los colores vivos y envolturas brillantes de juguetes nuevos para animar nuestro espíritu y renovar nuestro entusiasmo por vivir.

En nuestra sociedad es difícil no volverse adicto a querer lo que aparece ante nuestros ojos como lo último, lo más nuevo, lo mejor, lo más moderno. “El que muere con más juguetes gana.” ¿Has oido esa frase? Esto siempre me recuerda como los faraones egipcios tenían sus tumbas llenas de tesoros y ushabti (los figurines de barro que serían sus siervos y sirvientes en la otra vida.)

Considera la Felicidad como un Trabajo Interno

Sin embargo, al igual que los niños superan la edad de los juguetes, la mayoría de nosotros superamos nuestro apasionamiento por las cuentas brillantes y las chucherías que nos prometen popularidad, cuerpos perfectos, fiestas sin fin y virilidad eterna. Yo he hablado con mucha gente que compartió mi propia experiencia de haber logrado finalmente un objeto deseado por largo tiempo, sólo para encontrar que tenerlo no trajo la satisfacción duradera y el contento que había imaginado. Sólo después de varias experiencias similares finalmente empecé a pensar acerca de la felicidad como un trabajo interno.

Empecé a pensar acerca de lo que significa entender completamente que soy más que un ser humano mortal.

A medida que me volví más conectada a la vida espiritual por medio de la Ciencia Religiosa, lentamente llegué a aceptar que soy un ser divino viviendo una experiencia humana. Si soy más que un ser humano, y por lo tanto más que limitada, entonces no es ningún gran misterio por qué las cosas mortales, transitorias de este mundo no me satisfacen. Yo soy eterna, ellas no. Los budistas ya habían descubierto todo eso hace miles de años: Aferrarse por las cosas de este mundo en el que todo es transitorio y cambiante causa el sufrimiento. Bueno, lo entendí.

La parte siguiente de aprender a vivir con alegría como el estado natural de la existencia fue como pasar del curso “Gozo 101" al de “Felicidad Avanzada.” No digo que fue fácil desprenderme de todos los deseos que había acumulado en toda la vida, ni sugiero que una vida de monje sea lo ideal para todos.

¿Quién no disfruta de una buena comida o de un nuevo par de zapatos? A mi todavía me gustan las cosas bellas y mis propias comodidades. En lo que tuve que trabajar fue en no dejar que lo que tengo (o no tengo) controlen mi gratitud y gozo por mi vida. Es bueno tener destellos de placer y momentos de “wow.” Por debajo de esos, sin embargo, hay un murmullo constante de gozo quieto en pequeños recordatorios, cotidianos, de la corriente abundante e incesante de la vida, aún cuando las cosas no me caigan en el regazo.

Cuando me siento en el porche en las mañanas con una taza de café y miro a las ardillas jugar en mi traspatio algo desordenado, para mi esas cosas significan felicidad. Podría pensar en que necesito podar las plantas, arrancar las hierbas, barrer las hojas, o en que mi marido debería dejar de traer pedazos disparejos de madera y apilarlos en cualquier lugar “para un día.” Eso no es felicidad. ¿Qué debo escoger?  Yo prefiero tomar otra taza de café y mirar las ardillas.

Cosas deliciosas, delicadas y pequeñas traen un gran gozo al corazón: una flor, la briza, un vaso de agua fresca en un día caluroso, la cola de un perro feliz meneándose frenéticamente, el ronroneo de un gato. Algunas veces cosas absurdas traen también las revelaciones más extrañas y felices .

Un Domingo en la tarde, mi marido y yo fuimos a un pequeño lugar de música para escuchar la actuación de una banda que incluia a dos ex miembros de Santana. El lugar estaba atestado, animado y lleno de gente con pelo blanco, barrigas y caras arrugadas — muy parecidos a nosotros. Pero todos estaban moviéndose, bailando, aplaudiendo y balanceándose. De repente pensé que había ido a la iglesia dos veces ese día. Las dos veces la gente se había unido en el canto y la alabanza. Quizá pensaron que tenían dos propósitos diferentes, pero yo no. El concierto parecía muy similar a la iglesia en cuanto al gozo y la unidad.

Alguien podría decir que todas estas cosas — flores, agua fresca, perros y gatos, músicos — son también transitorios y van a morir. Tiene razón, así será. Pero aquí está la ventaja de vivir una vida de felicidad: Cuando uno experimenta todo esto con quieta alegría, se acuerda que todos esos son recordatorios e indicadores de la vida eterna que es vivir dentro, por medio, e igual que todas estas expresiones de la Divinidad.

Ve la Mano de Dios

Las formas van y vienen, pero la vida es para siempre — y siempre se está derramando extravagantemente por todo nuestro alrededor. En esa corriente eterna está nuestra igualdad y unidad con esos que amamos, y eso que nos ama a la vez, sin importar su forma en el momento. Todo lo que tenemos que hacer es ver, sentir, tocar, probar y escuchar.

En el evangelio de Tomás, Jesús el Maestro les dice a sus discípulos, “El reino del Padre se extiende por toda la tierra, y los hombres no lo ven.” “¡Oh, pero cuando lo vemos,!” dijo Jesús, “Consideren los lirios del campo, como crecen; no trabajan ni hilan, pero yo les digo, que ni aún Salomón con toda su gloria se vistió como uno de ellos.” (Mat 6:28-29.)

Podemos encontrar consuelo y gozo cuando consideramos esos lirios. Yo puedo ver fácilmente la mano de Dios en una gigantesca sequoia y maravillarme con la belleza y el  asombro que me provoca. Pero luego me inclino y separo las hierbas para encontrar un brote diminuto de una flor silvestre. De cerca, veo como su belleza compleja y su color, cada partícula, están diseñados y hechos tan amorosamente como la sequoia. Bueno, ahí sí hay algo que causa asombro.

Volvamos a donde empezamos esta historia: a la infancia. Cuando mi nieto tenía 6 meses de edad, tuve la dicha de cuidarlo una tarde. Recuerdo que lo llevaba por toda la casa y seguía la dirección en que me guiaban sus ojos. Se sorprendió por el juego de las sombras producidas por las ramas de los árboles en la cortina de la ventana. Eso duró bastante tiempo. Luego abrí la llave del agua en la cocina, y el agua que caía brillaba como diamantes a la luz del sol. ¡Estaba hipnotizado! Con ojos tan grandes como platos y grititos de emoción, ese niño demostraba maravilla y deleite acerca de algo que yo nunca había notado.

El reino del cielo se extendía ante mi, pero se necesitó que un niño me hiciera verlo.
¡Qué apropiado!
  

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